Por Alex Godoy-Faúndez
Más de mil millones de comidas se desperdician cada día y el 60% del descarte ocurre en los hogares, recordó esta semana el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. El problema no termina en la basura: los alimentos generan hasta el 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero y, cuando se descomponen sin oxígeno en rellenos sanitarios, liberan metano.
Para Chile y América Latina, reducir este desperdicio es una política climática de efecto rápido y, al mismo tiempo, una medida de seguridad alimentaria y eficiencia económica. La evidencia científica muestra que las emisiones asociadas a pérdidas y desperdicios atraviesan toda la cadena: producir, refrigerar, transportar y finalmente disponer alimentos que nadie consume.
La jerarquía importa. Primero se debe prevenir: medir descartes, ajustar compras, almacenamiento y porciones, y mejorar la coordinación entre productores, comercio y consumidores. Luego corresponde rescatar y redistribuir alimentos aptos. Solo al final, los residuos inevitables deben valorizarse mediante compostaje o digestión anaerobia.
La oportunidad práctica es incorporar metas medibles de reducción en municipios, supermercados, casinos y servicios públicos. Evitar una tonelada de desperdicio antes de que exista suele generar más valor que gestionar esa misma tonelada cuando ya se convirtió en residuo. La acción climática también comienza en la cocina.
Tema sugerido: Desperdicio alimentario, metano y economía circular.