La Organización Meteorológica Mundial estima una probabilidad cercana al 100% de que El Niño persista hasta febrero de 2027 y anticipa que podría alcanzar una intensidad muy fuerte. Para las empresas chilenas, esta alerta no debe interpretarse como certeza de lluvias o sequías en lugares específicos, sino como una señal para incorporar escenarios climáticos en sus decisiones.
La evidencia muestra que El Niño puede afectar la economía mediante pérdidas agrícolas, interrupciones logísticas, daños en infraestructura, variaciones en la generación hidroeléctrica y presiones sobre precios y seguros. Sus efectos, además, pueden prolongarse después del evento inicial.
En Chile, la fase cálida favorece condiciones asociadas a precipitaciones en la zona central, pero no actúa sola: ríos atmosféricos y otros patrones de circulación determinan dónde, cuándo y con qué intensidad llueve. Por eso, gestionar el riesgo exige más que reaccionar ante una emergencia.
Directorios e inversionistas deberían revisar la exposición territorial de activos y proveedores, actualizar supuestos de disponibilidad hídrica, comprobar coberturas de seguros y priorizar inversiones en drenaje, almacenamiento, monitoreo y continuidad operacional.
El pronóstico no indica exactamente qué ocurrirá. Sí entrega tiempo para prepararse. Y, frente al riesgo climático, anticiparse suele ser menos costoso que reconstruir.