El Tratado Global sobre Plásticos entra nuevamente en una fase decisiva. Este 8 y 9 de septiembre, los jefes de delegación retoman conversaciones informales para preparar las próximas negociaciones. Detrás del lenguaje diplomático persiste una diferencia central: ¿el acuerdo debe concentrarse en gestionar residuos o también limitar la producción de plástico virgen?
La evidencia favorece una mirada de ciclo de vida. El reciclaje es indispensable, pero insuficiente mientras la producción siga creciendo más rápido que la capacidad para recuperar materiales. Además, buena parte de los plásticos de envases se convierte en residuo durante el mismo año en que se fabrica.
Para Chile, el resultado importa. Un tratado exigente podría modificar estándares de diseño, trazabilidad, responsabilidad extendida del productor, contenido reciclado y comercio internacional. Eso afectaría envases, alimentos, retail, pesca, acuicultura y gestión de residuos, pero también abriría oportunidades para nuevos materiales, sistemas de reúso y servicios de circularidad.
Esperar el texto definitivo sería una estrategia tardía. Las empresas deberían identificar desde ahora qué productos dependen de resinas vírgenes, cuáles contienen sustancias problemáticas y qué parte de sus envases puede eliminarse, reutilizarse o rediseñarse.
El debate ya no consiste solo en qué hacer con el residuo. Comienza antes: en cuánto producimos y para qué.