Por: Nicolás Fierro, Centro C+, Facultad Ingeniería UDD.
Pero ¿qué implica pensar espacialmente? Podríamos ilustrarlo con múltiples ejemplos, pero elijamos uno cercano. Imaginemos que vivimos en un área donde los incendios forestales ocurren con mayor frecuencia. Queremos saber si corremos riesgo y nos preguntamos: ¿El sitio es muy seco? ¿Hay mucho viento? ¿A qué distancia se hallan los bomberos? Todas estas dudas comparten el mismo factor: el “dónde”, que implica observar las características del entorno y analizar cómo se vinculan con otros factores.
Este modo de razonar muestra que todo en el mundo está interconectado. Pensemos en el “efecto mariposa”, relacionado con la Teoría del Caos: ligeras variaciones en un lugar pueden producir grandes efectos en otro.
El entorno influye en nuestra calidad de vida, seguridad y oportunidades. Al integrar datos espaciales y temporales, logramos una visión más clara de los fenómenos que nos rodean. Aquí intervienen los Sistemas de Información Geográfica (SIG) que nos permiten estratificar y analizar datos para revelar patrones ocultos, ayudándonos a comprender y transformar nuestro mundo. Hace mucho tiempo que se afirma que los datos son el “nuevo petróleo” porque impulsan nuestra economía y decisiones. Para aprovechar su valor, precisamos herramientas que los transformen en conocimiento y los SIG se han convertido en el punto de convergencia de esas fuentes de datos, porque son capaces de darle sentido. Aunque muchos no los conozcan, los SIG están presentes en casi todos los ámbitos: las grandes empresas los emplean para gestionar sus cadenas de suministro y decidir dónde abrir nuevas tiendas; servicios básicos como agua, electricidad y gas dependen de ellos; también resultan esenciales para el transporte, el gobierno central, regional y local, y agencias de inteligencia.
Pero no se trata solo de eso, en nuestra comunidad, los SIG ayudan a las ciudades a administrar mejor sus espacios. Desde planificar la ubicación de servicios públicos o medir la accesibilidad del transporte público, estas herramientas favorecen una gestión más eficiente y la colaboración estrecha con comunidades marginadas. Con los avances tecnológicos de la última década, hoy podemos analizar datos con un detalle antes impensable. Estos progresos no solo optimizan procesos y reducen costos, sino que demuestran que eficiencia y sostenibilidad pueden convivir. Con los SIG, planificar y actuar responsablemente es factible, atendiendo necesidades económicas y desafíos ambientales.
Las herramientas geoespaciales se han democratizado gracias al acelerado avance tecnológico. Actualmente, permiten decisiones fundamentadas en numerosos ámbitos. Los SIG han transformado por completo la forma de entender y enfrentar los problemas del mundo. Todo se relaciona con el entorno en donde habitamos, y los SIG nos muestran cómo cada lugar se vincula con nuestras decisiones.
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), suscritos por 193 estados miembros de la ONU, también dependen de los SIG. No podemos enfrentar la pobreza sin saber dónde viven las personas pobres, ni luchar contra el hambre sin conocer la productividad de los cultivos, ni alcanzar la cobertura sanitaria universal sin saber dónde están las clínicas. En un mundo que produce datos continuamente, resultan indispensables y la adopción de estas herramientas se vinculan con los mayores desafíos de la humanidad: del cambio climático a las desigualdades sociales. Entender el contexto espacial es esencial para resolverlos, y los mapas, después de miles de años, siguen guiándonos hacia respuestas.
Incorporar el pensamiento espacial en la educación, en lo cotidiano y en la cultura organizacional no solo constituye una forma ya necesaria para planificar, sino también una ventaja competitiva. Cuestionarnos el “dónde” puede modificar la perspectiva con que afrontamos nuestros desafíos. En este entorno de transformación digital y revolución tecnológica, integrar el pensamiento espacial es indispensable para contemplar el mundo con una visión más completa y conectada.